Ver Películas Online: Enlaces




Noticias

Sobre “Hacia rutas salvajes”, de Jon Krakauer

A finales del verano de 1992 un grupo de cazadores se adentró en una zona de Alaska conocida como Distrito del Lobo, al este del Parque Nacional de Denali. Planeaban montar su campamento en un viejo autobús, situado en la conocida como Ruta de la Estampida. El vehículo llevaba allí desde los años sesenta, cuando se acometió la construcción de una carretera que permitiera el acceso a un yacimiento de antimonio situado en la zona. La empresa encargada de los trabajos se había hecho con varios autobuses condenados al desguace. Los equipó con literas y una estufa y los utilizó como barracones para sus empleados. Una vez finalizada la construcción, los autobuses fueron retirados; todos menos uno, que se quedó donde estaba a fin de servir como refugio para cualquiera que pudiera adentrarse en la zona.

Cuando los cazadores llegaron al destartalado autobús se encontraron con una sorpresa desagradable. Por los alrededores había señales de que alguien había estado viviendo allí durante meses. Y dentro, en una de las literas, envuelto en un saco de dormir, descansaba un cadáver.

La posterior investigación desveló que el fallecido se llamaba Christopher Johnson McCandless. Pertenecía a una familia acomodada de Washington D.C. (su padre había trabajado para la NASA) y llevaba desaparecido desde hacía dos años, justo después de graduarse en la universidad Emory de Atlanta. La autopsia dictaminó que Chris McCandless había fallecido de hambre. Su trágico final, combinado con su extraña desaparición y el origen acomodado del chico provocaron que la historia encontrara amplio eco en los medios de comunicación de Estados Unidos.

En 1992 Jon Krakauer (Brookline, Massachusetts, 1954) era un reconocido alpinista que compaginaba su afición a la montaña con la escritura de reportajes para publicaciones comoNational Geographic y Rolling Stone. La revista Outside le encargó 9.000 palabras sobre lo sucedido a McCandless. El reportaje, aparecido en el número de enero de 1993, fue la base deHacia rutas salvajes.

Krakauer no se dio por satisfecho con lo que pudo averiguar en el breve plazo impuesto por la revista, así que en los meses siguientes se dedicó a profundizar en la historia y a tratar de descubrir por qué un buen estudiante y deportista, querido por su familia y amigos, lo abandona todo y acaba muriendo de inanición en un solitario rincón de Alaska.

En el verano de 1990 Chris McCandles donó todo el dinero de su cuenta corriente a una organización humanitaria y abandonó el espartano apartamento en el que había vivido hasta su graduación en la universidad. Sólo se llevó consigo un exiguo equipo de acampada, un puñado de dólares (que luego quemó junto con toda su documentación) y su viejo coche de segunda mano (que luego abandonó). No se despidió de su familia. Adoptó el nombre de Alexander Supertramp y con él emprendió un largo periplo por el sur y el oeste de Estados Unidos y, finalmente, por Alaska.

Krakauer contactó con personas que habían conocido a McCandless durante su vagabundeo: que lo habían recogido cuando hacía autostop, que le habían dado trabajo o que le habían prestado alojamiento. Sirviéndose de estos testimonios, junto con el diario y las fotografías halladas entre los enseres de Chris, Krakauer recompuso el itinerario de su viaje y se esforzó por trazar un retrato veraz del chico.

Desde que no era más que un niño McCandless se había sentido atraído por los grandes espacios naturales. Desbordaba energía y era un romántico admirador de la obra de Henry David Thoreau y Jack London, cuyos libros no dejaba de releer y subrayar. Para él Alaska era un gran imán que lo atraía sin que pudiera hacer nada por resistirse.

El reportaje en la revista Outside había provocado un aluvión de cartas en las que los lectores manifestaban su opinión acerca de Chris. Todas eran encendidas y muchas negativas. Lo acusaban de insensible y terriblemente egoísta por haber causado tanto dolor innecesario a su familia, con la que no se puso en contacto en ningún momento después de su desaparición. Lo acusaban también de temerario, arrogante y estúpido por pretender adentrarse en las tierras de Alaska sin llevar consigo cosas tan esenciales como una brújula, un mapa, un hacha o un arma de gran calibre. El equipamiento de Chris consistía apenas en un saco de arroz, un rifle del calibre 22 y una guía de plantas comestibles. Incluso su idolatrado Jack London se había burlado de la gente como él. En el relato “En un país lejano” había escrito: “No tenía ninguna razón para embarcarse en una aventura semejante, ninguna en absoluto, salvo que padecía de un desarrollo anormal de sentimentalismo. Y lo confundió con el verdadero espíritu de romanticismo y aventura”.

En su empeño por conocer mejor a Chris, Krakauer se apoya en su propia historia. Cuando tenía más o menos la misma edad que Chris cuando éste puso rumbo a Alaska, el alpinista y escritor había sentido un impulso similar. Por aquel entonces trabajaba como carpintero y no sabía qué camino tomar en la vida. Su situación familiar era similar a la de Chris McCandless, marcada por la figura de un padre autoritario. Y, de la noche a la mañana, se le ocurrió que lo que tenía que hacer era viajar a Alaska y escalar en solitario, por una ruta nunca antes intentada, un remoto picacho conocido como El Pulgar del Diablo. Pensaba que eso daría sentido a su vida.

Krakauer dejó el trabajo, viajó a Alaska haciendo autostop y con un equipamiento mínimo emprendió la escalada. Alcanzó la cima (si bien no por la ruta que deseaba) tras un ascenso arriesgado y desalentador, bajo unas condiciones atmosféricas adversas.

Después volvió a su casa, retomó su puesto de carpintero y se dio cuenta de que nada había cambiado. Unos años después aprendió a ver a su padre con unos ojos más tolerantes y comprensivos.

Los capítulos de Hacia rutas salvajes en los que se narra lo anterior distan de ser meras digresiones. Sirven, al contrario, para dar una nueva dimensión al libro y hacer que éste no se trate tan sólo de una mera enumeración de hechos. Krakauer se identifica con McCandless. La única diferencia es que aquél tuvo más suerte al escalar El Pulgar del Diablo que la que tuvo Chris en su aventura en Alaska. Esto convierte en especialmente emotiva la visita de Krakauer al autobús donde Chris falleció, unos meses después de que se hallara el cadáver. Aún quedan allí enseres del chico: libros, unos pantalones remendados, unas botas… Los alrededores del autobús están sembrados de huesecillos de las ardillas y pájaros que Chris había cazado, y cuya carne no había bastado para mantenerlo con vida. Lo que Krakauer contempla podría haber sido el escenario de su propia muerte.

A pesar de ello, el autor no se deja llevar por el sentimentalismo en ningún momento. Hacia rutas salvajes está escrito con un estilo sobrio y directo, que logra transmitir con efectividad tanto la impresión causada por los paisajes que Chris ansiaba visitar, como el modo de ser de éste. Un modo de ser tan vivo como plagado de contradicciones. Un modo de ser que despierta lástima, admiración y, por momentos, también envidia.


Críticas

Más Información